“En las últimas semanas, el debate sobre los beneficios y riesgos de esta medicina se ha intensificado entre los especialistas, aunque todavía son parte de una discusión de baja intensidad en la opinión pública”

Sandro Ventura

La primera vez que escuché hablar del cannabis medicinal lo tomé a broma. Esto fue hace muchos años. Con el tiempo me fui enterando de muchas personas que encontraban una solución efectiva a ciertos padecimientos suyos o de sus familiares. Hace unos días, esperando en un café a un biólogo que está investigando el tema, se acercó un amigo a saludar. Le contamos que estábamos discutiendo los pros y contras del cannabis medicinal y no se detuvo hasta narrar, con lujo de detalles, cómo este milagro había transformado la vida de su madre afectada por el párkinson. “No la va a curar –nos dijo–, pero sus días son, por fin, amables”. Ojalá alguna encuestadora de opinión se anime a preguntar para saber cuán extendido es este fenómeno.

En las últimas semanas, el debate sobre los beneficios y riesgos de esta medicina se ha intensificado entre los especialistas, aunque todavía son parte de una discusión de baja intensidad en la opinión pública. No es casual. En noviembre pasado se aprobó en el Congreso la ley que legaliza, por fin, el consumo del cannabis medicinal. Y la semana antepasada se ha publicado la versión preliminar del reglamento respectivo para que todos los ciudadanos interesados compartan sus críticas o sugerencias. En principio, nadie está abiertamente en contra del uso medicinal, pero hay matices importantes.

La ley establece que se puede importar y distribuir el medicamento, además de producir el cannabis para fines de investigación científica. Pero hay quienes creen que esto es insuficiente pues la importación hará que las familias de bajos recursos no puedan acceder a él debido a su alto precio, estimulando al mercado negro. Por eso proponen que en el Perú se pueda producir. Otros, con una visión más estratégica, sostienen que dicha producción debería estar orientada a la exportación puesto que el mercado está creciendo exponencialmente y el Perú, como pasa con otros productos agroindustriales, podría ser una potencia mundial. Y las regalías deberían servir para subvencionar a las familias más pobres. Un círculo perfecto, tal como sucede en Colombia, donde el negocio también favorece a los eslabones más débiles de la producción y el consumo.

Los que están en contra piensan que, dada la precariedad del Estado, esta promoción dará lugar a emprendimientos informales o ilegales de todo tipo. Es un riesgo. Sostienen, además, que la ley expresamente no permite la producción, ni para el mercado local ni el internacional. El debate, pues, recién comienza. Y tiene para rato. Ojalá que en el centro del mismo esté el ciudadano y sus necesidades vitales. Porque de eso se debe tratar todo esto, de la salud y el bienestar de los peruanos.

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