Hace casi un año la enfermedad que tengo volvió y me quitó, entre muchas otras cosas, calidad de vida. Se llama mastocitosis sistémica, es una enfermedad rara y que poco se estudia; pocos en el mundo saben cómo afrontarla; a muy pocos en el mundo médico les importa. Por eso, hace ocho meses empecé a tomar cannabis medicinal como parte de un tratamiento que yo misma me impuse ante la falta de interés de muchos doctores en dar una real solución a mis problemas. Debido a esa falta de empatía, y a que mi situación solo empeoraba, decidí investigar sobre los beneficios de esta.

Desde muchos años atrás sabía del uso del cannabis como paliativo en casos de cáncer;sabía que gente fumaba para contrarrestar las náuseas y dolores de la agresiva quimioterapia. Probé marihuana de manera recreacional cuando era chica. Contrario a lo que suelen decir, no me volví fumadora habitual. Más bien eventual, por épocas. Tan eventual que podía pasar más de un año y no darle una pitada a un cigarrillo. No sé armar uno. No tengo nada moral en contra de la marihuana, creo que su uso es terapéutico (aún cuando se use “recreativamente”) y que como todo en la vida va a depender de las dosis y de lo bien o mal que te haga. Se sabe que es menos perjudicial que una persona fume una o un par de pitadas a que tome la cantidad de alcohol que se suela consumir.

Pero hablar del uso de la marihuana es hablar de libertades personales. Y esa es una lucha en la que no estoy. La lucha que me compete, la que me subleva, la que me hace exigirle al Estado reacción, y sobre todo acción, es la de la despenalización del cannabis para uso medicinal.

A finales del 2013, después de haber sido una consumidora eventual de marihuana empecé a serlo habitual. Le daba dos toques en la mañana, dos en la noche. A veces, como no he sido de beber mucho, si salía en la noche le daba unas pitadas más en vez de tomar, pero ya como uso recreativo. Por un tiempo estuvo bien eso. De hecho como analgésico funcionaba muy bien. A veces para la ansiedad, también. Pero no siempre obtenía el mismo resultado y no tenía muy claro qué era lo que hacía que funcione más, o menos. Tampoco sabía, en la siguiente entrega, qué me depararía la planta. A veces sentía más fuerte unos efectos que otros. Me molestaba que no pudiera seguir una misma línea. Tampoco me gustaba que haya combustión, sabemos que el alquitrán y otras sustancias cancerígenas se encuentran entre las sustancias químicas que están más presentes en el humo resultante de la combustión. En el caso del cannabis, estas sustancias químicas no provienen de la planta en sí, sino que proceden del proceso de combustión. También pueden ser el resultado de la combustión de otros materiales distintos al cannabis, como por ejemplo el papel de fumar.

Pasó poco más de un año y ya no sentía que quería seguir haciéndolo. Me cansaba el hábito, no me gustaban ciertos efectos que, según sea la marihuana que fumara, sentía.La dejé y de nuevo volví a ser una fumadora eventual.

 

Por casi tres años también me mantuve sin tomar medicina aleopática (medicina convencional-occidental). Algunos síntomas volvieron pero no tan agresivos como en la primera etapa de la enfermedad. No quería tomar pastillas porque cuando las tomaba también me sentía mal y encima llenaba mi organismo de químicos que a la larga (y a veces corta) hacen mucho daño. En mi experiencia, hasta ese momento, la medicina convencional-occidental, funcionaba muy bien en momentos agudos, pero no para algo crónico.

Estuve mucho mejor que en los años anteriores; montaba mi scooter (patineta del diablo); comía saludablemente; tomé plantas sagradas e hice un fuerte trabajo de introspección. Luego, pasó el tiempo y me estacioné en mi zona de confort. Me creí ¨fija¨ y zás, hace un año volvieron varios malestares con mucha intensidad.

Mi enfermedad, como comenté al inicio, es de las denominadas raras. Tengo un trastorno en el que los mastocitos o células cebadas de todo el cuerpo están anormalmente aumentadas en múltiples órganos, incluso en la médula ósea.

Los mastocitos son células de inmunidad que producen una variedad de mediadores. Uno de ellos es la histamina, que es importante en las respuestas alérgicas del cuerpo. Por eso cuando tienes una alergia tomas un antihistamínico

Cuando los mastocitos están presentes de forma incrementada, la cantidad de mediadores liberados puede ser muy elevada y, por lo tanto, causar múltiples síntomas como:

  • Anafilaxia
    •    Disnea
    •    Baja presión arterial
    •    Ronchas e inflamación
    •    Picazón
    •    Náuseas y vómitos/sensación de llenura
    •    Diarrea
    •    Desmayos
    •    Dolor de cabeza/fatiga crónica/depresión/ansiedad
    •    Calambres/sangrado uterino tan fuerte que ya no tengo útero hace 4 años
    •    Rubor
  • Artromialgias presencia de dolor a nivel muscular y articular de carácter inespecífico, son de carácter intermitente, cambiantes, no asociadas a ningún esfuerzo físico o traumatismo.(Esto último me llevó a la silla de ruedas, aparte del cansancio y las arritmias.)

Es una enfermedad crónica, no tiene cura. En algunos casos más agresivos se puederequerir interferón o agentes quimioterapéuticos. Puede incluso llevar a la muerte.

El diagnóstico es muy complejo. Puede que te hagan una rueda de exámenes más de dos veces para dar con la enfermedad. Puede que no usen el reactivo correcto, que la muestra no esté a la temperatura correcta o que en el momento que toman la muestra des un falso negativo. Hay muchas variables.

El tratamiento no es el mismo para todos, cada pacientes reacciona distinto. Es difícil encontrar la dosis. Para algunos basta con tomar un ketotifeno, llevar consigo epinefrina y estar atentos a ciertas reacciones. Algunos pueden hacer una vida bastante normal, mientras hay muchos otros que al no encontrar la dosis viven en el hospital tratando de adivinar qué fue lo que esta vez les cayó mal.

Un olor, el clima, una emoción que te perturba, cansancio, casi cualquier cosa  del vivir tu día a día puede desencadenar una crisis.

¿Qué hacer? Pues no lo sabía, no tenía muchas certezas, pero no rendirme era una de las pocas. Decidí volver a investigar sobre los avances en medicina para mi enfermedad o sus múltiples síntomas, y conectar conmigo de nuevo (algo que me había ayudado mucho en la primera etapa de recuperación).

Ya que la marihuana era algo que me había ayudado, y había leído en la revista “National Geographic” sobre el cannabis medicinal, empecé a pensar en el cannabis como opción de tratamiento. No tenía idea de cómo poder conseguirlo, quiénes eran confiables, de si estaba bien hecho, o cómo saber cuál era el que me servía. La ley me obligaba a conseguirlo en la clandestinidad; me obligaba a delinquir. Pero como bien dice la Dra.Paola Pineda (conocida como la doctora del cannabis), la desobendiencia civil es importante, ya que no porque exista una ley quiere decir que ésta sea justa. El Estado me había abandonado; nos tenía a miles, quizás millones de pacientes, abandonados. Nuestro derecho a intentar tener calidad de vida estaba siendo mellado; y no solo el nuestro, sino el de nuestras familias. Sentí mucha impotencia y desamparo.

Hace ocho meses tres bellas mujeres me regalaron dos botellitas de 10 ml de aceite de cannabis. Yo, por ignorante, había dicho que no quería que contengan THC, porque es el psicoactivo. “Yo no quiero estar estón”, repetía con la confianza que, lamentablemente, la ignorancia nos da. Como si, en último caso, un poco de risa, relajo, y de quedarme ¨pegada¨ con ciertas cosas fuera un grave o negativo efecto secundario. ¿Cómo podía ser que por prejuicio, por ignorancia, por el poco acceso que tenemos a la información informada, yo no supiera todas las opciones y ventajas que me ofrecía el cannabis?Había calado en mí que el CBD era el aspecto medicinal de la planta y que el THC era el psicoactivo (sustancia que actúa sobre el sistema nervioso alterando las funciones psíquicas. En este punto podríamos también detenernos en otro momento, ¿no casi todo es psicoactivo?)

Felizmente me enfermé, felizmente pude aprender y así poder ayudar a otros a conocer esto. Felizmente sigo acá para poder aprender más, para nunca dejar de aprender.  Investigué, investigué, investigué.  Supe más de Mechalaum (les recomiendo el documental “The scientist”); llegué a Mara Gordon, Cristina Sánchez, Manuel Guzmán, Sulak, Hepburn y fue muy emocionante y esperanzador. Sabía que algo debía haber para mí en ese lado. Conocí sobre los endocannabinoides, sobre la maravillosa planta que tenemos conviviendo con nosotros miles de años.

Conocí cómo la planta junta, tal como fue creada, funcionaba perfectamente. Porque portodo lo soberbio que somos los humanos, la naturaleza es sabia y nos muestra que así,entera es como mejor funciona. Si es un neuroprotector, ¿cómo podría hacerle daño al cerebro? Si es una medicina que se usa para salir de adicciones, ¿cómo podría ser la puerta de entrada a otra drogas?

Desde los primeros días sentí la mejora. Los dolores de articulaciones, de cabeza y el dolor en el estómago disminuyeron considerablemente. Pero seguía sintiéndolos y seguía siendo difícil comer. Así que, me indicaron que debía vaporizar la flor de la planta. Una flor orgánica, con todos los cuidados necesarios, fue lo que me terminó de ayudar a salir de esa etapa. Para el día a día el aceite es perfecto. Para picos, el vaporizador. Es como tener un inhalador para el asma que utilizas cuando tienes una crisis. Yo estaba con desnutrición y no aceptaba bocado. El vaporizador me ayudó a tolerar la comida. Luego ya no fue solo tolerarla, sino disfrutarla. Según cómo gradúe la temperatura del vaporizador uno puede hacer que queme más CBD o THC, según la necesidad.

He notado la diferencia en mi vida. Cuando dejé de usar el aceite por estar de viaje y no podérmelo llevar ya que aún está prohibido viajar con ella, empecé a descompensarme nuevamente. También he tenido momentos en los que no he encontrado el aceite que me sirve. A veces he llegado a tener cinco a la vez para ver cuál me ayuda más. A veces no me ayudaba ninguno porque no tenía el adecuado. Me di cuenta que empezaba a tenertolerancia, me daba miedo que estuviese perdiendo efecto. Me había pasado con otras medicinas que mi organismo las reconocía y aprendía a tolerarlas. Cambiaba de cepa, suspendía unos días, todo un poco a ciegas e intuitivamente, y volvía a funcionar.

Con el cannabis, por la falta de regulación, hay mucho de experimentación, de ensayo y error. Si la planta estuviese totalmente despenalizada, en el mundo podría haber muchísimos más estudios y sería más fácil tener información, las dosis y cepas claras. Igual, cada organismo reacciona diferente, como con cualquier medicina, y eso es importante tenerlo claro. Es una medicina y como tal hay que regularla. Se debe tener el control que certifique que está libre de metales pesados, de químicos, de cualquier agente contaminante; su pureza puede ser vital. Usar cepas cuyo propósito sea medicinal. Saber qué cannabinoide es el que predomina y en qué porcentajes.  Si hecho de manera artesanal se han logrado estos magníficos avances, lo que se puede lograr si se tiene acceso a una buena medicación y a un precio realmente al alcance de todos, es realmente esperanzador.

Todo esto me parece muy importante no solo por los resultados que veo y siento en mí, sino porque así no los sintiera yo, hay millones de personas en el mundo que lo experimentan y todos tenemos derecho a tratarnos con la medicina que elijamos. ¿Por qué nos van a condicionar qué medicinas podemos usar y cuáles no sin un sustento real? No pueden argumentar que es porque tiene efectos secundarios porque si uno lee los componentes y efectos secundarios de los remedios que tienen en su casa se daría cuenta que probablemente sean más peligrosos que los del cannabis, y sin embargo están aprobados y permitidos. No podemos esperar estudios de cuatro fases, veinte años, para que la FDA apruebe todo su uso. Claro que la medicina basada en evidencia está bien, pero ya está más que evidenciado que el cannabis no es mortal, no existe muerte de sobredosis de esta, el cannabis no afecta el tallo cerebral. No podemos dejar de tener una medicina de cuya eficacia hay evidencia, solo por mitos creados por poderes económicos y racistas (leer historia de la prohibición del cannabis; buscar sobre Dupont, Alinger, Hearst). Las plantas no pueden estar prohibidas.

No son unas fiebrecitas, un golpe, una diarrea lo que estamos tratando; son enfermedades graves, terminales, crónicas. Y si bien el cannabis no es la panacea, o el tratamiento para todo, sí lo es para muchas cosas ya conocidas. Y esperamos que pronto se pueda investigar y saber para qué otras cosas más.

El cannabis, como toda medicina, se debe tratar con respeto y cuidado. Para eso debemos implementar la ley en nuestro país, ¡YA! Necesitamos que los científicos investiguen y que los médicos estudien el tema en las universidades, que se le deje de estigmatizar, y que no suceda que por falta de información le digan a sus pacientes que esto no sirve. Que en los colegios no se malinforme a los estudiantes. Que la policía dejé de perseguir a personas que solo están buscando bienestar para sí o para alguien querido.

Lo que yo puedo decir sobre el cannabis medicinal, basada en mi propia experiencia, es que ahora tengo calidad de vida. Puedo sentarme en la mesa con mi familia, puedo crear, puedo hacer, puedo soñar. También puedo dormir mejor, tener más energía, y por ende puedo hacer muchas más actividades, estar de mejor humor, estar más dispuesta. Mis crías – a las que jamás oculté el uso de esta planta – ahora son seres más felices. Una buena medicina no solo te hace bien a ti sino a tu entorno.

Para mis crías, esta medicina les ha devuelto a su madre. No solo porque físicamente y anímicamente me ha ayudado muchísimo en mi recuperación, sino porque el investigar más, me ha llevado a viajar para aprender y me ha embarcado en nuevos proyectos relacionado a esto. Hay que informar, educar, romper prejuicios, desterrar la ignorancia y los intereses creados alrededor. Hay que velar porque todos podamos tener acceso a la salud. No es un favor que nos hacen, es un derecho fundamental como seres humanos, y es un deber del Estado respetar nuestro derecho a una vida digna. Nos pueden obligar a muchas cosas, pero no nos pueden obligar a rendirnos: “lo único más fuerte que el miedo, es la esperanza”.